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El joven Nicanor camina con desgano por el andén de la estación. Se podría
decir que su andar es bastante peculiar: pasos cortos, los hombros algo
vencidos y esto, acompañado de un sutil vaivén de la cabeza hacia atrás
y adelante le dan un aspecto que mueve a la risa. De su mano derecha, como
el péndulo de un reloj, un maletín negro acompaña el ritmo de su
marcha.
La mañana de otoño se expresa en el gris de un día húmedo,
haciendo virar toda la materia a un deslucido paisaje sin contraste. Pero
esto no interesa a un Nicanor aclimatado a la pequeña rutina, por eso
continúa su paso lento hasta el sitio donde acostumbra a subir al mismo
vagón. Aún no sospecha, porque no ha tenido indicios de ninguna
anormalidad, que en breve algo va a sucederle.
Cuando se aproxima al bar que atiende sobre el andén siente
náuseas. Un olor rancio y aceitoso envuelve como una cápsula protectora
las inmediaciones del negocio. Más de una vez se dijo que prefería el
smog de la ciudad. Quizá esté de más contarlo, pero su pensamiento es
idéntico al habitual: Tengo que cambiar de lugar. Subir al tren aquí es
insalubre. Pero no, no está de más contarlo, pues en ese instante un
hombre que bebía en el mostrador cae sobre él. Nicanor no llega a
protegerse y queda un instante tambaleando. Lo que vendrá ahora, luego de
un confuso griterío, será un puño que a causa de su trastabillar no
llegará a ver pero sí a sentir.
Ahora sí se ha interrumpido la rutina de Nicanor; yace en el
piso con los ojos muy abiertos, sin embargo, no ven más que un cielo
negro y destellos luminosos.
Cree oír el revuelo, manos que intentan reanimarlo, le
parece que alguien lo cachetea.
Borrachos de mierda, salgan de acá, oye desde lejos. Ahora
se le repone la vista pero sólo un instante. Nota que lo levantan por las
axilas al tiempo que escucha el tren que se acerca. Estoy bien...alcanza a
decir, pero no es así, como un breve pantallazo ve a la gente que lo
rodea y vuelve al negro otra vez. Sin embargo, de esa penumbra surge
confusamente como un grabado en relieve un rostro que conoce. Vuelve a
recuperar la vista y ahí está de nuevo. Ahora ve como las personas se
preocupan en subir con rapidez al tren para conseguir asiento.
- Estoy bien- le dice al hombre que aún lo sostiene.
- Sí, ya es hora de que abras bien los ojos.
Nicanor no le lleva el apunte, se toma el ojo donde recibió
el impacto, y con el otro vuelve a ver a ese sujeto a unos metros que
también lo observa. ¿Le sonríe? Las piernas se le aflojan mientras es
empujado hacia el interior del vagón.
Nicanor, ahora con el rostro colorado a diferencia de su
habitual palidez, y con el contorno del ojo que empieza a tornarse gris
como el día, viaja una vez más hacia su trabajo.
II
Lo aguarda otra mañana con sorpresas. Es un día sin sol
como el anterior y para colmo siente náuseas, el mismo malestar que lo
aqueja periódicamente.
El recorrido es el mismo, sólo que esta vez sabe que no va a
pasar por el bar, no quiere toparse con otra riña callejera. Bastantes
problemas tiene con su madre... Fue mejor no contarle, se convence. Al
llegar, cuando la encontró recostada en la cama, no quiso agravar la
situación mencionándole el incidente, y menos referirse a esa persona
que creía haber visto.
Ahora se dispone a esperar el tren a unos cuantos metros del
bar. Deja el maletín en el piso para descansar el brazo. Le parece que lo
ha cargado más de la cuenta.
En unos minutos arribará el tren, pero antes Nicanor tendrá
una particular charla con un extraño.
Un señor camina con rapidez al tiempo que lee el periódico
abierto frente a sus ojos. Al pasar al lado de Nicanor, lo golpea con el
codo en las costillas. En ese instante siente una ráfaga caliente, después
un escalofrío abrupto que llena su cuerpo de sudor.
- Perdón- dice rápidamente Nicanor, casi al momento en que advierte que
no es él quien tiene que disculparse.
El hombre no ha detenido su andar.
- ¡Perdón, ya es hora de corrernos del paso!- exclama con sorna girando
la cabeza por encima del hombro.
Nicanor no contesta. Se encorva con vergüenza imaginando que
ha atraído la atención de toda la gente. De pronto advierte que lo
llaman con tres golpecitos en el hombro. Se sobresalta. Gira y sin poder
decir palabra, su corazón comienza a bombear sangre hasta las
ramificaciones más íntimas, provocándole un leve pero sostenido
temblor.
- ¿Usted no será de mi familia?- le preguntan.
Nicanor mira con horror en distintas direcciones, como
buscando ayuda en los rostro de los viajeros que por supuesto, no le
prestan la menor atención. Es el mismo hombre del día anterior.
- Busco a mi familia, perdone la molestia... - vuelve a decir la persona
con amabilidad.
Nicanor recorre milimétricamente las facciones y a medida
que cada poro confirma el parentesco, siente que sus piernas se aflojan más.
- No recuerdo muy bien, pero usted tal vez sea de mi familia. Yo viví
por aquí, creo.
Nicanor bien podría desmayarse, pero por suerte el tren está
por ingresar a la plataforma. Y así, cuando se siente a punto de
desmoronarse, el característico sonido de los durmientes aplastados por
la formación de vagones, lo revitaliza.
- Debo irme...- atina a decir.
- ¿Está seguro de que...?- insiste el hombre.
- No lo conozco, aléjese- dice con recelo mientras toma su valija del
piso.
Nicanor, con el ojo ahora coloreado de un morado intenso y
una pequeña molestia en las costillas, viaja una vez más hacia su
trabajo.
Ha sido un día de pocas ventas y sin embargo Nicanor decidió acostarse
temprano. No vender implicaba más esfuerzo: caminar, buscar zonas nuevas
dónde ofrecer su producto. Se le hace costoso atraer la atención de la
gente. En la capital se corre tanto. Ni siquiera giran para mirar lo que
él, en voz alta, promociona.
Lo cierto es que en cada sitio donde se detuvo, se concentró,
como ahora lo hace echado sobre su cama, en recordar a ese hombre. Era
parecido hasta el imposible...
Mañana será otro día. Quiere descansar, no se siente bien
del estómago.
Cuando está a punto de dormir oye entornarse la puerta del
cuarto. Es su madre. La escena de siempre: Se apoya en el marco y echa un
vistazo al dormitorio.
- No voy a cenar, estoy muy cansado.
Ella suspira. Luego vuelve a cerrar la puerta.
Nicanor sabe que el desarrollo de esta mañana va a depender de si vuelve
a ver al extraño conocido. Adelantamos, aunque es casi previsible, que
efectivamente lo hallará a pocos metros del sitio donde se encontraron
con anterioridad. Pero aún no es momento de contar qué planes tiene, si
es que los tiene.
Con paso nervioso, rumbo a la estación, Nicanor piensa en la
posibilidad de invitarlo a un bar, o no, mejor una charla informal sobre
el andén, aclarar la confusión...llevarlo a su casa está descartado.
Para su madre sería un trago amargo, aún sigue llorando por los
rincones, él lo sabe muy bien aunque ella intente simular. Había pasado
muy poco tiempo de la pérdida.
Un café estará bien.
Es un día de mucha gente en la calle. En el camino por el túnel
hasta el andén se encuentra envuelto por la muchedumbre y avanza a paso
lento. Se distrae recordando los fines de semana de pesca junto a su padre
cuando siente que lo tocan. Acarician su espalda desde el cuello hasta la
cintura. Nicanor se sobresalta y detiene su paso. Otra vez el sudor. Al
girar no ve a nadie que lo observe. Está confundido.
- ¡Dale pibe, caminá!, no ves que es momento de avanzar y salir de acá-
se oye una voz desde atrás de un diario abierto -. ¡Cómo si tuviésemos
la eternidad!
Nicanor mira hacia adelante y al advertir que ya no hay
gente, retoma el paso nervioso.
Ya en el andén, no se sorprende pero sí se asusta al
divisar al extraño. Esta vez le da la espalda y al parecer habla con
alguien. Sin dudar un instante de que es el hombre que busca se acerca con
paso tímido.
- ¿Señor?
El hombre gira y le sonríe.
- ¿Es de mi familia?- le pregunta.
- No, claro que no- contesta con rapidez Nicanor.
- ¿No?, pero podríamos hablar si quiere, yo estaría encantado.
El joven no sabe qué decir.
- Vayamos a otro sitio- propone el hombre.
Nicanor siente que lo toman del brazo y se deja llevar. Gira
para ver a la mujer con la que parecía estar hablando el hombre que ahora
lo conduce entusiasmado. La señora mira despreocupada en otra
dirección.
Una vez dentro de un bar es el hombre quien rompe el
silencio. Nicanor no deja de observarlo.
- ¿Entonces usted cree que es mi hijo?
- ¡En ningún momento dije eso!- exclama Nicanor algo enfadado.
- ¿A no?, aveces creo sentir... no importa, pero bueno, sólo que por su
edad y nuestro parecido...
- ¿A quién busca precisamente?
- A mi familia, creo habérselo dicho.
- Sí, ¿pero a quiénes de su familia?
- No lo sé, supongo que debo haber perdido la memoria. ¿Quiere un café?
- No, no me siento bien del estómago. ¿Y desde cuándo los busca?-
pregunta con curiosidad Nicanor.
- Hace tiempo, bastante... de hecho no sé cuánto hace, pero cuando oí
el incidente de antes de ayer supe que debía acercarme, una señal, algo
me dijo que debía estar alerta para ayudarlo.
Durante un momento guardan silencio.
- En verdad es muy parecido a mi padre- se anima a decir Nicanor.
- ¡Lo sabía, sí, me pone tan contento! ¿Y a qué se dedica su padre?
- Tenía un taller de fundición, pero siento decirle que mi padre murió.
Ahora el silencio hace de hueco para depositar los
sentimientos que cada uno experimenta. El extraño conocido manifiesta un
gesto aturdido y triste; Nicanor se dispersa en las muecas familiares que
articula su interlocutor, pero que al cabo de un instante se ven opacadas
por un temor creciente.
- ¿No estaré muerto?- dice de pronto el hombre.
Nicanor lo oye pero no hace caso a sus palabras, es que hasta
esa voz lo lleva con vértigo al recuerdo de su padre.
- ¿Cree que puedo estar muerto?- vuelve a insistir.
- No- contesta secamente Nicanor-. Los muertos no toman café y... esto es
una locura.
- Será tonto de mi parte que le cuente- se apura a decir el hombre -,
pero oí por ahí que las personas que al morir sienten que dejaron algo
pendiente, vagan en el mundo de los vivos, sólo que pierden la memoria.
- Todos dejan algo pendiente hasta donde sé- comenta como al paso
Nicanor.
- ¡Ese es el desafío quizá!, recordar y corregir aquello que se
desvirtuó- dice con entusiasmo el hombre.
- ¿De dónde saca estas barbaridades?- pregunta sonriendo Nicanor.
- Lo...no sé, simplemente...alguien me lo dijo... - el extraño vacila.
- ¿Con quién hablaba cuando lo encontré?
- ¿Eh?, ¡ah, esa señora!, le pregunté si me conocía, le veía cara
familiar...
A Nicanor se le eriza la piel al oírlo. Porque él también
reconoció a la mujer. Sí, era una vecina del barrio.
- Bueno, debo irme, dice de pronto, lo lamento, no quería ilusionarlo, sólo
aclarar este malentendido.
- Pero...
Nicanor se pone de pie. El hombre lo imita. Luego, el joven
toma su maletín y lo saluda sin mirarlo.
- Adiós.
Afuera se da la siguiente conversación:
- No quiero que me siga. Esto es una tontería.
- Algo me dice que es mi hijo. Un sentimiento...
Hay un momento de confusión. Viendo la escena en cámara
lenta puede sospecharse que el hombre se pronuncia en un abrazo, y se
intuye la misma respuesta de parte de Nicanor... pero no.
- No se me acerque, nunca más- le dice Nicanor con voz temblorosa, pero
ostentando el dedo índice en alto.
Ya en la ciudad, las cosas se suceden sin mayor novedad para Nicanor: la
gente ensimismada, a paso veloz, distraída con sus teléfonos portátiles,
y como casi siempre, sin advertir su improvisado negocio. El clima no
ayuda; hay humedad, y la lluvia que parece a punto de caer son quizá
detonantes para que cualquier pescador se olvide de su afición.
- ¡Plomadas, plomadas de todos los pesos, muy baratas!
Nada. Apenas dos o tres ventas en toda la jornada. Ni
siquiera le habían sido útiles para charlar un poco y olvidar el
incidente con ese hombre. Parcamente un: “pibe, dame de las más
pesadas”. Sí, son las que más se venden, las de mar, las que ni las
olas más furiosas pueden arrastrar. Luego, un breve intercambio de
monedas y un: “¿se las envuelvo?” “No, gracias”. Y ver como
introducían la mercadería en los bolsillos y continuaban su camino. Ya
está convencido de que es hora de buscar otro trabajo. El padre se lo
dijo desde un principio cuando él le contó su idea. Es una locura,
Nicanor. Pero él no le hizo caso, lo divertía fundir y llenar los
moldes.
Sí, es todo en este atardecer, o casi, porque ahora Nicanor
ve acercarse a un hombre. Lleva un traje muy oscuro y sobrio que desentona
con la magnífica sonrisa amable que exhibe. Se da la siguiente conversación:
- ¡Plomadas y más plomadas! Y bue... es parte del destino del pescador.
¿Para qué vino uno al mundo sino para tener paciencia...?
A Nicanor le resulta graciosa su forma de hablar. Y piensa en
preguntarle adónde pesca habitualmente pero por el momento prefiere oír.
Va a esperar que el hombre se detenga.
- ¿...paciencia dije?, sí, paciencia para entender y encontrarle sentido
a todo esto-. Hace una pausa y suspira. Nicanor tampoco se decide a
hablar.- ¿Y qué se necesita para entender?
Hay un instante de confusión. El hombre aguarda, Nicanor
quiere decir algo pero no sabe qué.
- ¡Dígalo, dígalo!... ¡Peso, mucho peso, eso mismo!, a veces hay que
tocar fondo para entender.
Nicanor aún se mantiene callado. Se divierte con esa forma
grandilocuente de hablar aunque supone que el hombre no está muy cuerdo.
- Por ese motivo deme dos plomadas de cien gramos, y dejemos que la
gravedad haga el resto.
- Muy bien, son cinco pesos- dice al fin Nicanor.
- Gracias- dice el hombre introduciendo la bolsita con dos plomadas en el
bolsillo interno del saco -. Hasta pronto.- Y ya está dando unos pasos
pero se detendrá un instante para decir algo más.
Nicanor sonríe mientras lo ve caminar hasta que se da
vuelta. Se miran a los ojos.
- ¡Ah!, casi lo olvidaba, mañana hay buena luna. Nunca se le niega
información a otro pescador. Por la temperatura va a ir bien el flote. No
se le ocurra usar fondo, aunque nos guste tanto. Y recuerde algo muy
importante: un buen pescador sabe cuándo debe cortar línea.
- Gracias- le dice Nicanor sonriendo pero esas palabras lo asustan.
El silencio de la casa lo preocupa. Es extraño que a esa hora su madre no
esté en la cocina preparando algo para la cena. Ultimamente la nota más
triste de lo habitual y ciertamente lo tiene intranquilo. Sabe que es por
la muerte del padre y no encuentra la forma de ayudarla. Si llegara a
contarle de aquel hombre, seguro la pondría peor. A veces le parece
que ella aún lo espera. En pequeños detalles lo nota; hacer comida de más,
mirar recurrentemente la hora, sobre todo a la noche cuando ronda el
horario en que normalmente su padre llegaba unos meses atrás.
Se desliza en silencio por el living hasta el cuarto de su
madre. La puerta está apenas entornada. La ve recostada de espaldas,
escucha un sollozo suave. Nicanor siente deseo de entrar y abrazarla pero
piensa que no es buena idea. Sabe que está poco sociable y que le molesta
ser sorprendida llorando.
Deja el maletín en el piso y con sigilo se acerca un poco más.
Ve la figura entera de su madre. Esta leyendo algo. Ya ha visto la escena
otras veces, pero no sabe qué es lo que lee, no se atrevió a revolver en
sus cosas. Ahora piensa lo mismo que antes, que es mejor dejarla, que cada
uno debe hacer el duelo a su manera: Ella leyendo cartas quizá, él
confundiendo gente con su padre...
Nicanor deja caer unas lágrimas, la madre las hojas que leía.
No pasa mucho cuando recoge un diario. Él no llega a ver de dónde lo
saca. La cama se interpone. ¿Le estará ocultando algo? Nicanor se
preocupa pero se dice que fue suficiente por ese día, y que es mejor ir a
acostarse. No faltará oportunidad para sacarse la duda.
No está en una laguna, pero así lo siente. Desde la proa ve el suave
ondular de un agua color café con leche. Tiene la caña entre sus manos y
no llega a ver más que a unos cuantos metros, la neblina parece descansar
sobre las aguas. El silencio es supremo hasta que un leve tirón indica la
presencia de una presa. Pero de pronto, Nicanor se encuentra ejerciendo
una fuerza poco común. El reel parece vencerse, y por más que intente
hacer girar la palanca con todas sus fuerzas no logra enrollar la tanza.
El bote se balancea a causa del meneo obstinado que Nicanor realiza con la
caña.
- ¡No puedo, papá!- exclama.
Sin embargo cuando gira se encuentra con los ojos llorosos de
su madre. Un escalofrío atraviesa su espina dorsal. ¿Qué hace mi madre
aquí? Pero vuelve la vista sin abandonar la lucha. De pronto
advierte con sorpresa otro bote a unos pocos metros. Se acerca, cree ver a
su padre en él, pero a medida que se aproxima y la neblina se aparta, el
rostro parece cambiar. Es el hombre que le ha comprado las plomadas. Le
sonríe.
- Nicanor, creo es momento de cortar línea. Es necesario.
Él lo mira serio, no quiere oírlo; vuelve a observar los
ojos vidriosos de la madre sin dejar de sostener con tesón la caña.
- Es en vano que sigas con eso. Te dije que era noche para usar flote.
Tira con fuerza, recoge y ahora parece ceder, sí, la línea
se enrolla con dificultad en el reel. Cuando cree ver algo oscuro bajo las
aguas se pone de pié. Gira y nota que su madre ya no está en la popa del
bote. Se siente confundido y sin embargo vuelve fijar la vista para
descifrar eso que el ondular del agua distorsiona. Cuando ve con horror
que es el rostro del padre lo que asoma sobre el agua, el hombre desde el
otro bote, estira una mano y con un cuchillo de caza corta la tanza. Se
oye el choque de su presa cayendo otra vez al agua. Un sonido categórico
como el portazo que por suerte lo quita de la pesadilla.
Y es así, no está en una laguna, su cama lo recibe sudado y
con la respiración agitada. Mira la hora y supone que su madre ha
salido a hacer las compras.
Sin pensarlo, se destapa y en calzoncillos camina presuroso
hasta la habitación de la madre.
La sorpresa llega en dos tiempos. Primero cuando encuentra esas
noticias sobre la cama de su madre. Esto es lo que leía ayer. Después
cuando fija su vista en los titulares.
No puede creer lo que lee. Vuelve a su cuarto tomándose
el estómago, tiene ganas de vomitar. Se cambia, toma su valija con
plomadas y sale. En el camino comienza a llorar.
¿Qué se puede decir de esta mañana? Esto: nada volverá a ser igual.
Nicanor lo sabe muy bien desde que salió de su casa, y aunque intente
pensar que venderá plomadas como todos los días, algo le confirma que no
será así.
De todas formas, unas cuadras antes de llegar a la estación
de trenes, se seca las lágrimas y piensa que las cosas no están tan mal.
Sí, ahora al menos sabe la verdad, ese recorte de diario le abrió los
ojos. Ahora todo tiene sentido y queda algo importante por realizar. Hacer
que su madre vuelva a estar bien.
Cuando se encuentra sobre el andén se acerca a un banco. Ahí
descansa el hombre parecido a su padre tapado con hojas de diarios. Se
sienta y aguarda un instante hasta que se decide.
- Papá, levantate, ya recordé... todas esas señales... vos lo dijiste,
ya descubrí lo que quedó pendiente - le dice Nicanor.
Le acaricia el brazo hasta que el hombre se incorpora con
sobresalto. En un primer momento lo mira extrañado, después los ojos de
Nicanor se humedecen y lo abraza con fuerza.
Cuando llegan, Nicanor se sienta en el cantero de su casa. Desde allí se
huele el aroma a sopa que prepara su madre para el almuerzo. Se siente en
paz y se dice que está bien.
- Dale, tenés que entrar vos- le dice al hombre que vacila a su lado.
Sabe que hace lo correcto, y aunque se muera por tomar
la sopa con ellos entiende que debe ser así. Saca del bolsillo la noticia
que tomó de la cama de su madre. “Joven muere intoxicado con plomo,
padre enloquece y se pierde en la ciudad.”, vuelve a leer y se dice que
un buen pescador debe saber cuando es tiempo de cortar línea, como le
enseñó su padre.
- Ya es momento, papá, no estés triste.
El hombre con la mirada perdida se dirige hacia la puerta de
entrada. Nicanor guarda el recorte junto a las plomadas dentro de la
valija, la acuesta sobre el cantero y se va caminando. Sabe que una extraña
gravedad va a hacer el resto.
Federico
Girón
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