GRISEL A LAS SEIS

Juré no acercarme más a aquel lugar. Me afectó mucho lo sucedido.

Antes de enterarme, todo comenzaba a cambiar en mi vida. Había conseguido trabajo en esa maldita cabina, vendiendo boletos de colectivo justo, claro, al lado de la parada. De a poco comencé a relacionarme con gente, a hacer amigos. Amigos sí, aunque suene extraño, con mis cuarenta años las circunstancias de la vida no me habían permitido tenerlos.

Tuve muy buena relación con los guardas, los inspectores que controlaban el horario de las unidades, y en especial con un vendedor de gaseosas y golosinas. El tenía un puesto al lado de

la parada y siempre estaba charlando conmigo, contándome historias, historias lindas. La verdad era que yo, desde mucho tiempo atrás había dejado de escuchar historias agradables.

Mi amigo, un buen hombre, introvertido al principio...no volví a verlo, no soporté lo sucedido y tampoco pude perdonarle su actitud...pero sé que no deja de ser un buen tipo, lo tengo claro, quiero decir que no fue tan grave lo que me hizo. En definitiva, no tuvo la oportunidad de saber qué me pasaba realmente con aquella persona, qué sentía...

Me juré no aparecer más y ahora estoy aquí, en este bar, nada más que a dos cuadras de aquel sueño...pensando y pensando en algo que debería olvidar. Sólo dos cuadras de camino y preguntarle cómo hizo, cómo su sensibilidad iluminó la mía. Lo más terrible, o más bien cómico, es que no conozco a esa persona. A veces trato de imaginarla pero se me hace casi imposible...todo eso que me escribió, tantas cartas y mensajes que nos dejamos en secreto...¡ah!, y su perfume, todavía hay veces que lo percibo en el viento cuando camino entre la gente, y miro para todos lados para ver si logro ubicar de dónde viene. En el cambio de turno la cabina siempre tenía su perfume, una mezcla de cabello recién lavado y aire fresco, eso es.

Sólo dos cuadras nos separan, y no sé que es lo que hago aquí tomando café, tratando de solucionar, de resolver en mi mente algo que es imposible, un imposible.

Su turno empezó hace unas siete horas, y no me costaría nada acercarme de lejos, espiar un poco...¡no!, ya estoy diciendo estupideces, ni siquiera sé si me conoce, porque me pudo haber esperado alguna vez en el cambio de turno y si me descubriera no sabría cómo actuar.

En una hora Polo llegará para armar campamento. Polo es el amigo del que les hablé. El siempre llegaba a las seis de la mañana, ponía la mercadería sobre un tablón y me esperaba con el mate listo.

Mi turno era de seis de la mañana a las dos de la tarde, pero siempre llegué a las seis y cuarto, por que era lo que había convenido en ese juego en que estaba. Todo era para no encontrarme con ella.

Recuerdo que hace unos meses hacía tiempo aquí mismo, en este bar, hasta las seis y diez más o menos. Después, caminando tranquilo hasta la cabina se hacían y cuarto.

Por aquellos días los mates de Polo se tornaban interminables. El a mis espaldas contándome alguna de sus historias y cebando mientras yo, despachando boletos, no veía la hora de revisar bajo la mesita para ver si tenía alguna carta secreta.

Cuando eran las dos me iba a casa. Me suplantaba un viejo de bigote frondoso con el cual no poseía relación alguna. Pocas veces pasamos de los saludos. El estaba hasta las diez de la noche, suplantándolo luego, hasta las seis de la mañana mi gran amor.

Hasta en el casamiento pensé, en los hijos...y ni siquiera nos conocíamos, salvo por las cartas que ocultamos durante meses bajo el cajón de la mesa de la cabina.

Fue curioso, como todas las cosas no premeditadas, el comienzo de la correspondencia con Grisel. Así se llamaba.

Por esos caprichos del destino y mi impuntualidad, al principio, no tuvimos la oportunidad de cruzarnos en el cambio de turno, cosa que tendría que haber sido así ya que ella terminaba a las seis y yo entraba a esa misma hora. Ayudó también que en ese horario no hay ningún inspector controlando.

En realidad a los tres días de haber comenzado con mi mueva labor ya nos estábamos dejando mensajes. El primer cartelito lo dejó ella. Era por cuestión de dinero. Decía algo así: " Me quedé‚ sin monedas, pero pedile al muchacho del puesto que me prometió que cuando tuviera, me iba a dar. Grisel. Del turno de 22hs a 6hs. "

Cuando llegué esa mañana y leí la nota sobre la mesa, enseguida percibí el perfume que antes no había notado.

Así fue como conocí a Polo, pidiéndole cambio. ¡Qué tímido era!, lo opuesto al resto de los vendedores callejeros, pero cuando entraba en confianza había que hacerlo callar. Era un tipo muy humilde, venido del interior. Llegué a envidiarlo, es más, creo que sigo envidiando su vida. Me contaba de sus dos nenas, de su esposa y de aquella tierra perdida a muchos kilómetros, su lugar de origen.

Añoraba tener una vida como la de él. Tenía pasado y un presente que lograba hacer brillar sus ojos. Me sorprendí en aquellas tardes, cuando noté que envidiaba a una persona por su humildad. Pero debo aclarar que nunca fue un sentimiento con malas intenciones, además, cuando fueron pasando los días y las cartas se multiplicaban, comenzaron a tener sentido muchas cosas para mí. Por fin me sentía poseedor de algún sueño, y ese era poder estar junto a Grisel.

La imaginé de mil maneras sin disgustarme ninguna, podía figurármela gorda o petisa, pero era igual; sólo con leer sus cartas esa imagen se enaltecía.

Ahora acá, a unas miserables dos cuadras de su presencia, entiendo que se encuentra más lejos que nunca. Ni siquiera puedo imaginarla ya.

Cuando leo sus cartas no puedo evitar emocionarme, y al mismo tiempo no logro comprender por qué me sucede luego de haberme enterado de la verdad.

Se me ocurrió y le dejé la carta al viejo del turno de dos a diez, para que se la dejara sobre la mesita. Decía:

" Grisel. Te agradezco el dato. El tipo me dio las monedas gracias a vos. Si querés dejarme algún otro mensaje lo recibiré con gusto. Me agradó saber que todavía hay quien se preocupa

por un desconocido. Si yo te dejo otra carta va a estar bajo la mesa, en el hueco del cajón. El viejo que está después que yo no es muy amigable, y es muy posible que no te la entregue. Yo llego siempre a las seis y cuarto, de impuntual nomás. Puede ser que te parezca un poco atrevido, si te digo que me gustaría no encontrarte en el cambio de turno, pero sólo es porque me gusta esto de escribirme con alguien. Ya sabes, yo llego a las seis y cuarto, si nos encontramos mi propuesta deja de tener sentido. Gracias. Carlos, del turno de 6hs a 14hs." Eso fue todo. De ahí en más comenzamos a escribirnos.

Apenas unas cuadras y la verdad...esa verdad que conozco pero que no me atrevo a enfrentar. Por eso sigo sin explicarme qué es lo que hago acá, sin haber dormido y con este gusto ácido de café y cigarrillo. Un sabor que no logro quitarme desde hace meses.

"...hoy fue una noche lluviosa. Vendí pocos boletos. Prácticamente estuve pensando todo el tiempo en vos y también me pasa lo mismo...mi imaginación no logra dibujarte completo. Pero me gusta que sea así. De todas maneras te juro que no veo la hora de poder abrazarte, y tenerte de una vez por todas frente a mí. Creo que tendríamos que hablar de eso, me parece que ya es tiempo. Decime qué pensás, decime algo en la próxima carta. Te quiere, Grisel".

Esa fue su última carta. La releí tantas veces que quedó grabada en mi memoria.

El mismo día que la recibí me enteré de todo. Polo me lo confesó, y no fue por eso que quise dejar de verlo. Mi bronca surgió porque dos días antes de haber recibido esa carta, en un arrebato mío por saber un poco más de Grisel, me animé a contarle parte de la verdad y preguntarle cómo era ella.

- Te voy a contar algo pero queda entre nosotros, okey...- le anuncié aquella vez. El se quedó con el mate entre sus manos, con la bombilla unida a la boca por un hilo de baba y la mirada atenta, como si algo grave hubiera pasado.

- ¿Okey? - repetí

- Sí, sí, contá  que estoy intrigado.

- No es nada impresionante, tampoco te hagas la película y dame un mate- Enseguida inclinó la pava y me alcanzó un amargo- Es sobre la mina de la noche, viste, la que esta de noche, antes que yo...

El sonrió mientras cebaba, con la mirada atenta al chorrito de agua humeante que se hacía espuma al chocar contra la yerba.

- No sé de qué te reís, la conocés ¿no?, contame algo de ella...algo como...cómo se viste, eso algo así contame...

- Y a raíz de qué te nació este interés.

- Mirá Polo, te soy sincero, nada importante en realidad, nos mandamos algunas cartas y nunca nos cruzamos y...viste, no quiero mandarme la cagada de engancharme con una vieja o una gorda me entendés, no es nada importante pero...

- ¡Mirá qué sos guacho, eh!...y no me habías contado nada, sabés que...- hizo una pausa para chupar de la bombilla y antes de que continuar lo interrumpí.

- Ya te dije, no es para nada importante, por eso no te conté. Lo que pasa es que me gustaría saber a quién le estoy escribiendo, no quiero...¿De qué te reís?.

- Seguro que no es importante para vos, parece que es al revés che, tomá un mate a ver si te sinceras.

- Te digo que no Polo, apenas nos escribimos unas tonterías y eso es todo.

- Está, está , te creo. Mirá yo no le presté mucha atención pero es una mina normal, rica piba, qué se yo...

- ¿Piba?, ¿qué edad tiene?.

- Bueno, no es una pendeja...unos treinta, treinta y pico; linda, bien vestida...mucho no me acuerdo. Lo que pasa es que ya te dije, no le presté atención...

Por esto me enojé con él, porque me mintió.

De alguna manera era justo lo que quería escuchar. Una conversación que en su momento me hizo el tipo más feliz. Pero sólo fueron dos días, dos días y llegó esa carta. Ahí fue cuando volví a hablar con Polo del tema y me contó todo.

Era otra mañana con Polo a mis espaldas, dándole duro al mate y contándome alguna de sus historias. Yo vendía boletos y casi no le prestaba atención. Cuando por fin me dejó solo revolví bajo el cajón encontrando esa carta, la última.

Qué contento estaba. Me quería conocer. Recuerdo que lo llamé a Polo y le dije:

Te acordás de la mina de la noche, Grisel se llama, no te conté eso, no?- estaba muy excitado y no podía ocultar mi entusiasmo. El sólo me observaba serio, inmutable.

- Grisell se llama, de la que te hablé antes de ayer, dice que me quiere conocer...no lo puedo creer te juro. Polo, ¡eh!, decí algo, ¿qué te pasa?.

El se pasó la mano a lo largo de su cara y entreví su angustia.

- Perdoname, no quise hacerte mal, yo pensé...

- No te entiendo- dije con una última sonrisa.

- Es un tipo. Es un tipo el del turno noche, no pensé que era tan importante para vos...¡Carlos, pará!...como podías creer que una mujer cubriría el turno noche, pará, tengo que decirte...

Y esa es la verdad. Grisel es un hombre.

Ese fue mi último día de trabajo. En un primer momento quise golpear a Polo, pero sólo corrí una cuadras y me alejé para no sentirme aún más humillado.

Como había contado antes, Polo, únicamente quiso hacerme una broma...él no podía imaginar que yo estuviese tan entregado a esa ilusión.

En todo este tiempo, varias veces tuve el deseo de visitarlo y charlar sobre el tema. Pensaba que quizás me haría bien comentar lo sucedido. Pero todavía hoy me cuesta recuperarme de la noticia.

Son las seis menos veinte de la mañana, la oscuridad domina las calles y en unos minutos, la llamada "Grisel" va a abandonar la cabina para irse a su casa. Sí, estoy a dos cuadras y con tiempo a favor. No creo que me haga mal ver su cara de una vez...por algo debo haber venido hasta aquí.

La bufanda, la campera bien cerrada hasta arriba y por último los guantes. La semioscuridad de la aún prematura madrugada me ayuda a esconderme entre la poca gente que camina.

Siento como si el pecho quisiera atravesar mis ropas para poder respirar, es un miedo feroz el que me empuja...Una cuadra queda. Mis ojos ya divisan la cabina y ni siquiera puedo imaginar qué es lo que voy a hacer cuando lo vea. Un paso y otro.

Me he detenido en la esquina de la vereda de enfrente, apoyo mi espalda en un árbol, descanso y tomo aire. Prendo un cigarrillo, doy una pitada grande tragando el humo violentamente. Giro para observar. La cabina y esa luz amarilla en su interior. Unas pocas personas hacen cola esperando al colectivo. Polo todavía no llegó.

No logro ver bien en su interior, por eso camino lentamente, acercándome. De pronto se baja la persiana y veo salir por atrás a un hombre. Clavadas las seis. Grisel, me digo.

Cierra con llave y camina en mi dirección. Viene fumando, con las manos en los bolsillos y el pucho colgando de los labios.

No es, pienso. Me pasa por al lado, casi rozándome. Lo sigo mirando, él no me presta atención. No es, pienso de vuelta.

Miro la hora. El del próximo turno debe estar por llegar. Corro unos metros, saco las llaves de mi bolsillo y abro la pequeña puerta.

He prendido la luz, mis manos buscan bajo el cajón. Carta. Sí, una carta. Antes de abrirla respiro sin poder encontrar aquel perfume en el aire.

" Imaginé‚ que alguna vez ibas a volver, por eso dejé esta última carta. No queda mucho para decir, parte de la verdad está a la vista. No creo que puedas entenderme, pero nunca mentí en lo que sentía. Se me fue de las manos y no supe como...la amistad se interpuso entre nosotros. Había conseguido una llave de la cabina y así te dejé ese primer mensaje. Mi timidez me paralizaba, te veía tan serio. Sólo quería conocerte. Mi idea era decirte la verdad en algún momento, pero cuando ví tu carta sobre la mesita y...no pude evitar tentarme con tu propuesta. Únicamente me queda pedirte que me perdones. Te ama, Polo."

Federico Girón

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