Fragmento:
“…En soledad uno decide llevarlos a cabo. Son actos que
no tienen mayor explicación ni tampoco la merecen. Me refiero a mi
despedida de los perros. Sentí la necesidad de hacerlo; fue la misma mañana
de la venta.
Aquella vez, luego de firmar la escritura anduve deambulando
con el auto, sin rumbo, pensando o más bien aturdido de ideas y
recuerdos. De pronto tuve ese deseo. No había meditado nada al respecto
aunque suene un poco insensible de mi parte. La verdad era que los perros,
a diferencia de Paula, me tenían sin cuidado mientras intentaba poner mi
vida en orden. Para mí resultaban un trastorno. Llevarles de comer
durante tanto tiempo fue algo que se tornó insoportable, sobre todo
durante los meses que demoró la aparición de un comprador. Ir a toparse
a diario con ese vestigio de proyecto me hería en lo más profundo. El
abandono, lo ruinoso y sin movimiento era algo que me causaba gran
angustia. Recuerdo que de chico solía detenerme frente a los baldíos u
obras paralizadas y experimentaba una extraña pesadumbre, pero por aquel
entonces sólo era cuestión de seguir mi camino… Ahora, algo propio y
deseado se me aparecía inmóvil y no se podía dejar atrás con la
simpleza de antaño.
Los perros, claro… Paula no quería regalarlos, y yo
tampoco deseaba sumar otra polémica a nuestra relación. Eran sus hijos,
nuestros hijos, decía ella. Sólo había que esperar a que haga lugar en
la casa de sus padres para trasladarlos y ya. Por eso, como ya lo venía
haciendo cuando la construcción aún marchaba, por una cuestión de
cercanía de mi trabajo me tocó continuar alimentándolos de lunes a
viernes. La única alteración era que ahora, los sábados y domingos en
vez de ir juntos como acostumbrábamos iba Paula sola.
Así, la mañana de las firmas, el día en que se suponía
terminado el calvario de toparse con lo no concretado, descubrí algo
aturdido que no los iba a ver más y sentí un gran vacío.
No sé si lo hice por mí o por ellos, en verdad no lo sé. Sólo
me dije que era lo menos que merecían después de haberme demostrado su
apego y su favoritismo. A Paula le generaba algo de envidia, pero claro,
era yo quien les llevaba de comer cinco días a la semana, y como dije,
esa rutina continuó hasta después de separarnos.
No eran mis hijos, no quiero sonar ridículo, pero la
idea de no verlos más... Le había dicho con sarcasmo alguna a vez a
Paula: “...mal o bien, estos son los hijos que pudimos tener, peludos y
babeantes...”. La postal de nuestro logro era: Paula a mi lado con
gesto de insatisfacción, los perros recostados al frente entre los pastos
descuidados y una casa a medio construir de telón.
En fin, verlos por última vez no estaba nada mal, así que
me dirigí al terreno. El comprador había permitido que los perros
estuvieran ahí unos días hasta que ella acondicionara un lugar en su
casa.
Al llegar me arrepentí. Cuando se tiene plena conciencia de
que lo que se está haciendo es por última vez, hace que uno lo añore más
que a nada en el mundo. Incluso aunque lo haya detestado en algún
momento. Luego de la separación había llegado a odiar todo aquello, el
terreno, el pasto que no dejaba de crecer, la obligación de ir a diario a
alimentar a los perros, el cliché fracturado de la vida feliz junto a
Paula... Sentirse vencido, ingenuo por creer hasta en los momentos más críticos
de nuestra relación que aquella ruina de sueños podía salir a flote.
Pero esa vez, como dije, deseé entrar a ponerles agua y
alimento balanceado en sus platos. El ritual que se había transformado en
una carga iba a ser elevado por última vez a la categoría de ceremonioso
desahogo.
Al bajar del auto comenzó el jaleo acostumbrado. Los
ladridos y los llantos de emoción de mis cuadrúpedos hijos. Los acaricié
durante minutos a través de la reja y les dije en voz baja toda serie de
cursilerías.
Un problema se presentó y lo noté al tantear el manojo de
llaves dentro de mi bolsillo. Las había entregado en la escribanía luego
de las firmas. No iba a necesitarlas, claro; Paula sí por un tiempo ya
que se iba encargar de alimentar a los perros hasta llevárselos.
De todas formas, de manera compulsiva o caprichosa, decidí
no irme hasta terminar mi cometido.
Trepé la reja hasta ponerme en posición para saltar hacia
el interior del terreno. Fue un festín, los perros no dejaban de
saltarme. Jugué durante largos minutos con una pelota derruida por sus
dientes con la que siempre lo hacíamos. Dante era el que corría a
buscarla, Fiona era una vez más la misma sonsa que torpemente aullaba
yendo de un lado a otro, como si no entendiese las reglas del juego.
De pronto entendí que no debía demorarme, sonaba tonto,
pero estaba en propiedad privada pese a que aún no lo sentía de ese
modo. Entonces me dispuse a ponerles la comida y comencé a caminar hasta
el fondo. Bajo un alero de material dejábamos la bolsa de alimento para
protegerlo de la intemperie.
Me pareció que Dante se interponía delante de mí mientras
avanzaba; en aquel momento supuse con tristeza que adivinaba que era la
despedida, pero ahora a la distancia pienso que quizá haya querido
protegerme de la podredumbre con la que iba a toparme.
Una vez que estuve en la parte trasera de la casa, quitando
como dije a Dante del medio, fui hasta la bolsa de alimento para llenarles
los platos. De pronto un manchón oscuro pasó veloz a mi izquierda y del
susto solté uno de los platos repleto de comida. El piso era un collage
de trocitos color carne.
Enseguida me asomé al ventanal. Era dentro de la casa,
estaba seguro. ¿Un reflejo en el vidrio de la ventana? Los perros estaban
inquietos, Dante comenzó a ladrar repentinamente y Fiona me lamía
nerviosa la mano.
Con cierta dificultad por el reflejo, a través de la puerta
ventana recorrí con la vista el interior de lo que alguna vez planeamos
como living. No vi a nadie, pero hubo un momento en que el corazón me dio
un vuelco por la impresión. ¿De qué se trataba aquello? Con la mano
intenté evitar el reflejo del sol en el vidrio para ver mejor. Sobre una
caja unas velas estaban encendidas. Tenía que haber alguien adentro, pensé
aterrado. Inconscientemente tiré de una de las hojas del ventanal y para
mi sorpresa se deslizó con facilidad. Abierta.
Un extraño olor me invadió dejándome estático y con el ceño
fruncido. Era intenso, hierba quemada supuse.
- ¿Hola?- pregunté con voz tímida.
Creí sentir movimientos en el cuarto, pero a esa altura ya
no sabía si estaba sugestionándome, era de día y era fácil confundirse
con los ruidos de la calle. Caminé con lentitud unos pasos hacia el
dormitorio cuando advertí que los perros me observaban desde la puerta.
Eso me asustó más y me detuve. Miré de reojo a mi izquierda y las velas
prendidas sobre la caja a modo de altar volvió a producirme escalofrío.
Puse otra vez la atención en mi compañero.
- Dante- susurré -. ¡Vení, Dante! – y golpeé unas cuantas
veces con suavidad la palma de la mano en mi muslo.
Él se acercó dubitativo, y cuando estuvo a mi lado
caminamos por el pasillo hasta el cuarto. Ya no oía ruidos, pero extrañamente
algo me indicaba que no estábamos solos en la casa.
Cuando estuve casi al lado de la puerta me pareció oír
pasos dentro del cuarto. A pesar de estar al borde del infarto no dudé un
segundo, empujé la puerta y me asomé con rapidez. Dante comenzó a
ladrar furioso en ese instante llevándome al borde del colapso. Le grité
para que se detuviera. En el cuarto no había nadie, estaba literalmente
vacío. Frente a mí, el revoque grueso de las paredes, el contra piso a
medio terminar y el polvo; el paisaje estático que tanto me deprimía
desde hacía seis meses. Casa de mierda, dije en voz alta.
Dante recorría con sus ojos marrones todos los ángulos del
ambiente. Era como si aún sintiese en el aire alguna presencia. Lo
acaricié unos segundos en el lomo.
- Vamos amigo, no pasa nada.
Luego volví sobre mis pasos y al llegar otra vez al futuro
living, contemplé a cierta distancia ese altar tenebroso que me había
hecho entrar. Era una caja de cartón rústico y sobre ella habían
colocado unas cuantas velas.
Me acerqué con recelo. Distinguí bajo las velas unas
cuantas estampitas. A los laterales dos platos. En uno, una hierba casi
extinguida que aún humeaba, en otro, un líquido negro que tuve
intenciones de tocar pero al fin no animé. También había unos pequeños
muñecos de cerámica que adornaban de manera macabra el espectáculo.
Mi mente confundida recién comenzó a tranquilizarse cuando
pensé que tendría que ser obra de los nuevos dueños. Era normal que la
gente se sugestione y haga esas cosas, me dije, purgar la posible mala
energía de los viejos propietarios... Se lo había oído decir alguna vez
a Paula. Aunque me resultase una idiotez, la idea era más que aceptable.
Tan aceptable y popular, que años después mi amigo también la compartió
conmigo cuando lo acompañé a ver una vivienda en venta.
Frente al altar, mientras pensaba en quién podía ser el
autor de semejante ridiculez, vi a Fiona que me observaba desde
afuera, recostada sobre el piso de cemento. Una mirada de resignación y
tristeza. Ella también sabía que era nuestro último encuentro. Sus ojos
me acompañaron hasta llegar a mi departamento. volarlo
Cuando ya me decidía a salir vi a Dante escarbando con el
hocico en un plato lleno de moscas que no había notado hasta entonces.
Estaba detrás de la caja. Le grité y se alejó temeroso. Al parecer eran
unos menudos de pollo en estado de descomposición. Lo que siguió fue un
ataque de ira. Pateé ese artefacto abominable hasta convertir el lugar en
un chiquero. Cuando me detuve agitado, los perros me miraban como
asombrados y me sentí avergonzado por la reacción. Después salí rápidamente
de allí. No sé, sentí miedo, quería huir de una vez y para siempre.
Corrí la puerta ventana hasta cerrarla y luego de caminar hasta el
portón, sin mirar a los perros que me habían seguido, trepé para saltar
hacia el exterior.
Era una necesidad, irme para no volver, irme de eso que ya no
me pertenecía y que por alguna razón inexplicable, de un momento a otro,
sentí como una amenaza.
Una vez del lado de la calle, di un último vistazo, y
para mi sorpresa vi lo que no había notado cuando indagué dentro del
cuarto. La ventana abierta. Quizá alguien había huido por allí. No
quise pensar más, ¿qué más daba? , no era un tema importante en
aquel momento. Me metí en el auto, lo puse en marcha y arranqué sin
siquiera voltear la mirada, equívocamente convencido de que esa iba a ser
mi última visita…”