http://www.moralesproducciones.com.ar/federicogiron/00.gif

AGOSTO

Ahora sí se está  bien, uno se acostumbra a los pinchazos diarios. Estoy como flotando en el agua, agua serena. Mi cuerpo es abrazado por una calma adormecida.

Lo más probable es que muera. Una sensación nueva, oscuramente virgen me lo confirma y no está en mí tratar de evitarlo. Este cansancio, esta comodidad hace que de alguna manera me vaya dejando ir. Es como esos golpes fuertes, en que el dolor se convierte en una mezcla de cosquilla dolorosa y lo hace reír a uno. Un estado de lúcida ebriedad. Parece que no produce más de una dosis diaria, aunque a mí con una me basta.

Sentí unos golpes en la puerta unos días atrás, pero creo que por suerte no tendré‚ visitas. Ahora acá , tan quieto, estoy a punto de experimentar algo nuevo, fuera de lo normal. Pienso, analizo, disfruto de esta comodidad constante. Encuentro claridad en mis reflexiones, tan cerca de saber...

La cosa comenzó no hace tanto. Mi costumbre cuando estaba orinando era mirar a mi alrededor, investigar mientras perdía ese tiempo. Un rato mirar al techo, la ventana, la canilla que gotea; no mucho, cosa bastante previsible dentro de un baño.

Pero una vez una arañita llamó mi atención. Estaba tranquila en su tela, un bordado casi perfecto. Suavemente para no romper su trampa, moví uno de los extremos. Enseguida fue al ataque. Me sonreí estúpidamente al verla buscar. Al percatarse de que no había presa, volvió a su lugar. Repetí mi juego varias veces, hasta que estuve a punto de matarla al aburrirme de la rutina. Esa manía en los humanos de matar por matar. Pero no lo hice, quizá  me dió lástima.

Y así cada vez que iba al baño la molestaba unos minutos.

Una vez atrapé una mosca, y depositándola en su tela la vi atacar sin compasión. Me sentí una gran persona; días atrás había tenido el impulso de matarla y al poco tiempo ya le estaba dando de comer. Era una manera de disculparme.

Debió convenirle esta nueva amistad, porque esperaba siempre su alimento, sin moverse, sin trasladar su trampa a otro rincón.

No se‚ si habrán visto esas maripositas grises, muy pequeñas, a las que le debe gustar la humedad porque están en los baños, por lo menos en el mío y no por falta de higiene. Estos bichos eran su comida, estaban en los azulejos y apantallándolos con un abanico, los hacía volar hasta hacerlos estrellar contra su tela.

Claro está , que no es fácil atrapar moscas, por eso recurrí a estos insectos; son más lentos y los tenía bien a mano. Parece trabajoso, pero no lo era. En definitiva uno pierde tanto tiempo en tonterías, y es bien sabido lo fácil que es encariñarse con estas mascotas.

Lo llamé Agosto. Agosto era lo justo, un mes frío como este bichito, además, los meses no tienen sexo y esto era fundamental ya que no tenía idea cuál era el suyo. Me resultaba agradable llegar del trabajo, comer, un buen disco de música clásica y llamarlo: "Agosto, ya llega la comida..."

Agosto era de cuerpo minúsculo y patas largas, claro que fue creciendo, puedo asegurar que hoy impresiona. Quizás (y remarco el "quizás" porque no se‚ si no fue una suerte lo que pasó) no debí intentar meterlo en esa pecera. En realidad no era una obsesión tenerlo en cautiverio, sólo se trató del tema: comodidad. El baño es cómodo para ciertas cosas, pero no para visitar ni llevarle de comer a una mascota.

Estaba nervioso, debo admitirlo, el día que decidí hacer el traslado. Un gran problema me acució. ¿Cómo hacer para no lastimarlo?, no era cuestión de provocar un desastre.

Al final lo resolví usando una hoja de cartón bastante rígido. La teoría era la siguiente: tomaba la hoja de uno de los extremos a modo de paleta playera y arrancando tela y todo, con Agosto ya sobre la hoja, usaría a la misma como tapa de la pecera. Perfecto, me halagué.

No se porqué reaccionó así. Se debe haber sentido atacado, aunque mi principal idea, y esta la pensé en segundos mientras tironeaba de la tela, fue que al sentir el tirón en su trampa, creó que era su nuevo alimento.

La única verdad era que, con armoniosa rapidez caminó a lo largo de la hoja y trepando a mi mano, me hizo entender que yo sería su nueva víctima. Ni siquiera atiné a golpearla, tan rápido sentí el pinchazo, tan veloz subió a mi cuello que para qué contar más. Puedo dar fe de esa corrida mortal.

Me desplomé y ya en el piso semi inconsciente la ví trabajar, enérgica, yendo y viniendo por todo mi cuerpo, envolviendo a su amo con esa tela pegajosa, una especie de lana de vidrio. Fui sintiendo adormecerse cada una de mis extremidades hasta desmayarme por completo. Ahora no me queda más remedio, aunque tal vez suene gracioso, que admitir que yo sólo me envolví en este asunto.

No sé cuánto tiempo pasó. Al recuperar la conciencia me sentí como se habrá  sentido Gulliver en Liliput. Me asuste mucho al ver las marcas rojas en mi brazo.

Demostrarle a Agosto quién mandaba realmente, era lo sensato. Y así fue que quise erguirme, comprobando que lo único que respondía a mis órdenes era mi cabeza. Tanto me deprimió el darme cuenta de que estaba acostado sobre el charco de mi propio orín, que no pude más que llorar. Esas primeras horas fueron de gran impotencia, pero ahora estoy bien, uno se acostumbra a los pinchazos.

Pasaron noches y días; la escasa fuerza utilizada para respirar y girar la cabeza se fue agotando. Demasiado tiempo sin ingerir alimentos, aparte de la droga que Agosto todavía me sigue suministrando diariamente. Por lo pronto, confieso que estoy a punto de descubrir lo más grande. Experimentar este estado es grandioso, por lo menos un instante. Debo ser sincero, no lo recomiendo por este medio. Tal vez sea lo único que despierta mi rencor hacia Agosto.

Duermo, me despierto y descubro cosas que jamás podría haber imaginado, mientras tanto él camina sobre mí. Ya parezco una larva, del cuello para abajo casi estoy cubierto de ese hilo baboso.

Se que estoy a punto de traspasar este maldito techo que miro desde hace días, falta tan poco que hasta me esfuerzo por sonreír. Lo siento, estoy cerca de...la palpo con la mente pero falta una dosis, ya se. Agosto se acerca, viene hacia mi cabeza a regalarme el último pinchazo. Ahí lo supuse, a la altura de la sien. Ya faltan segundos y mágicamente suministra otra dosis. Por un instante intuyo que puedo librarme de esto, que una fuerza íntima me apoya, pero esto es...a esta altura ya vi demasiado y me dejo.

Ahora sí. Agosto camina por mi cara, cerca de la nariz, desciende. En mi aire existe sólo un segundo de luz. En mi última bocanada atrapo a mi compañero..

Federico Girón

CERRAR